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Qué pasó en los países de Medio Oriente y el norte de África tras las intervenciones de EE.UU.

Un repaso a los resultados de las invasiones y operaciones militares estadounidenses en Irak, Afganistán, Libia y otros países de la región en las últimas décadas, con sus consecuencias políticas, humanitarias y de estabilidad.

Publicado el 10 de julio de 2026, 15:30 hs

Las intervenciones militares de Estados Unidos en Medio Oriente y el norte de África durante las últimas tres décadas dejaron un saldo de inestabilidad, millones de desplazados y un cuestionamiento global sobre el rol de Washington como gendarme internacional.

Desde la invasión a Irak en 2003 hasta la retirada caótica de Afganistán en 2021, pasando por el derrocamiento de Muammar Gaddafi en Libia en 2011, las huellas son visibles. En la mayoría de los casos, el vacío de poder generado por la caída de regímenes autoritarios fue ocupado por grupos extremistas, milicias o nuevos autoritarismos.

Irak: del dictador a la fragmentación

Tras la caída de Saddam Hussein en 2003, el país se sumió en una guerra civil sectaria entre suníes y chiitas que dejó cientos de miles de muertos. Aunque se logró una relativa estabilidad tras el “surge” de 2007, el Estado Islámico (ISIS) aprovechó el caos para tomar Mosul en 2014. Hoy Irak es un Estado débil, con fuerte influencia iraní y una economía dependiente del petróleo. La corrupción y la falta de servicios básicos siguen siendo la norma.

Afganistán: 20 años de ocupación y regreso talibán

La operación “Enduring Freedom” en 2001 derrocó a los talibanes en pocas semanas, pero dos décadas de presencia militar estadounidense no lograron construir un Estado funcional. La corrupción endémica del gobierno de Kabul, la dependencia absoluta de la ayuda externa y la incapacidad de construir un ejército autosuficiente terminaron en la humillante retirada de agosto de 2021. Los talibanes volvieron al poder con mayor fuerza y las mujeres afganas perdieron gran parte de los derechos conquistados.

Libia: de la dictadura a la guerra civil permanente

La intervención de la OTAN en 2011, liderada por Estados Unidos, Francia y Reino Unido, derrocó a Gaddafi en siete meses. Sin un plan posconflicto creíble, el país se fracturó entre dos gobiernos rivales, decenas de milicias y tráfico de personas. Todavía en 2025 Libia sigue dividida entre el este controlado por el mariscal Haftar y el oeste con sede en Trípoli. El caos libio también desestabilizó el Sahel y alimentó la migración irregular hacia Europa.

Siria: apoyo indirecto y guerra por delegación

Aunque Estados Unidos no invadió directamente, su apoyo a sectores de la oposición siria desde 2012 y la campaña contra ISIS entre 2014 y 2019 dejaron un país destruido. Bashar al-Assad sigue en el poder gracias al respaldo ruso e iraní. Más de 500.000 muertos y millones de refugiados son el saldo de una guerra que Washington no pudo ni quiso resolver.

Yemen: la guerra olvidada

La participación estadounidense en apoyo a la coalición saudita desde 2015 agravó la que la ONU definió como la peor crisis humanitaria del mundo. El conflicto entre los hutíes y el gobierno reconocido internacionalmente dejó el país al borde de la hambruna y con un sistema de salud colapsado.

Lecciones que nadie parece haber aprendido

En casi todos los casos, las intervenciones estadounidenses lograron sus objetivos militares inmediatos —derrocar dictadores o expulsar terroristas— pero fracasaron rotundamente en la fase de construcción de paz y Estado. El resultado más frecuente fue el fortalecimiento de actores no estatales, el aumento del terrorismo yihadista y un vacío que otros poderes regionales (Irán, Rusia, Turquía) se encargaron de llenar.

Los costos humanos son brutales: según estimaciones conservadoras de la Costs of War Project de la Universidad Brown, las guerras posteriores al 11-S causaron entre 900.000 y 1 millón de muertes directas y más de 38 millones de personas desplazadas.

Veinte años después, la pregunta sigue abierta: ¿puede una superpotencia imponer democracia y estabilidad a punta de misiles? La experiencia reciente sugiere que no. Y que el precio, tanto para los países intervenidos como para la propia credibilidad estadounidense, resulta desproporcionado.

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