Por qué un bloqueo del Estrecho de Ormuz pondría en jaque el comercio mundial
El estrecho por el que pasa casi un 20% del petróleo global es una de las rutas marítimas más críticas. Un cierre, incluso temporal, dispararía precios, afectaría la economía argentina y generaría ondas de choque en todo el planeta.
El Estrecho de Ormuz, ese corredor de agua de apenas 33 kilómetros en su punto más estrecho entre Irán y Omán, es la arteria por la que circula casi el 20% del petróleo que se consume en el mundo. Cualquier amenaza creíble de bloqueo genera de inmediato un temblor en los mercados globales.
Según datos de la Energy Information Administration de Estados Unidos, por allí pasan diariamente unos 21 millones de barriles de crudo y productos derivados. Eso equivale a casi el 40% del petróleo que se comercia por mar. El gas natural licuado que sale de Qatar también depende en gran medida de esta ruta.
Un bloqueo total o incluso una interrupción prolongada no sería solo un problema para los países importadores de Medio Oriente. El efecto dominó tocaría a todos los continentes. Los precios del petróleo podrían saltar por encima de los 150 dólares por barril en cuestión de días, según estimaciones de analistas consultados por Bloomberg e Infosel.
Para la Argentina, que importa alrededor del 30% de su consumo de combustibles, el impacto sería directo en el bolsillo. El precio de las naftas y el gasoil subiría de inmediato, arrastrando con él la inflación y los costos de transporte y logística. Además, un shock de esta magnitud complicaría aún más la ya delicada balanza de pagos.
El estrecho ya ha sido escenario de tensiones. En 2019, después de que Estados Unidos impusiera sanciones a Irán, se registraron ataques a buques y el secuestro temporal de un petrolero británico. Irán ha repetido en varias ocasiones que, si su territorio o su programa nuclear son atacados, cerrará el paso. La amenaza no es retórica: Teherán cuenta con misiles antibuque, drones y una fuerza naval irregular capaz de sembrar minas en cuestión de horas.
Desde el punto de vista militar, cerrar el estrecho no requiere una flota enorme. Basta con obstaculizar el tráfico con unas pocas embarcaciones hundidas o con minas. Desbloquearlo, en cambio, demandaría una operación naval compleja y prolongada que involucraría a Estados Unidos, el Reino Unido y posiblemente otros aliados.
El mundo ya vivió una crisis parecida en 1973 con el embargo petrolero árabe. Aquella vez el precio del crudo se multiplicó por cuatro. Hoy las economías están mucho más interconectadas y dependientes de la energía barata. Un nuevo shock tendría consecuencias que irían más allá de los surtidores: afectaría la producción industrial, el costo de los fertilizantes, el precio de los alimentos y hasta la inflación en países que parecen lejanos geográficamente.
China, que recibe más del 40% de su petróleo a través de Ormuz, sería uno de los más golpeados. India, Japón, Corea del Sur y buena parte de Europa también. Estados Unidos, aunque hoy es exportador neto, vería igualmente dispararse sus precios internos y sufriría el efecto contagio en sus aliados.
La alternativa logística más cercana es el oleoducto East-West Saudi Arabia, que puede mover unos 5 millones de barriles por día, menos de un cuarto de lo que circula por el estrecho. El resto tendría que dar la vuelta por África, agregando semanas de navegación, mayor costo y mayor riesgo de piratería.
En los últimos años se habló mucho de la diversificación de rutas y de la transición energética. La realidad es que el petróleo sigue siendo el rey y Ormuz sigue siendo su cuello de botella. Ni la revolución del shale americano ni el aumento de la producción venezolana o brasileña alcanzan a compensar un cierre de ese magnitud.
Un bloqueo prolongado no solo elevaría el precio del crudo. También generaría incertidumbre financiera. Las bolsas caerían, el dólar se fortalecería como refugio y los países emergentes verían cómo se encarece su deuda externa. En la Argentina, donde la economía ya navega entre inflación y reservas escasas, sería un golpe adicional difícil de absorber.
Los analistas coinciden en que un cierre total es poco probable porque dañaría también a Irán, que obtiene gran parte de sus ingresos de la exportación de crudo. Pero una interrupción parcial, de semanas o incluso meses, es un escenario que los estrategas militares y los traders ya tienen sobre la mesa.
Mientras las tensiones entre Israel, Irán y Estados Unidos siguen latentes, el Estrecho de Ormuz permanece como uno de esos puntos ciegos del sistema global: un lugar pequeño que puede desequilibrar al mundo entero. La próxima vez que escuchemos que Teherán amenaza con cerrarlo, conviene tomarlo en serio. Porque el precio lo terminaríamos pagando todos.