Por qué el estrecho de Ormuz se convirtió en la principal herramienta de presión entre Irán y Estados Unidos
El acuerdo alcanzado entre Teherán y Washington pone el foco en el control del estrecho por donde pasa casi el 20% del petróleo mundial. Un repaso a su rol estratégico y a los riesgos que implica.
El estrecho de Ormuz volvió a ocupar el centro de la escena geopolítica tras el anuncio del acuerdo preliminar entre Irán y Estados Unidos. Ese corredor marítimo de apenas 33 kilómetros de ancho en su punto más estrecho es, desde hace décadas, el verdadero cuello de botella del comercio energético global.
Según datos de la Administración de Información Energética de Estados Unidos, por Ormuz pasa casi el 20 % del petróleo que se comercializa por mar en el mundo. Eso equivale a unos 21 millones de barriles diarios. Arabia Saudita, Irak, Emiratos Árabes, Kuwait y Qatar dependen de esa ruta para sacar su crudo al mercado. Cerrarlo o amenazar con cerrarlo es, para Irán, una forma de presión inmediata y de bajo costo militar.
El acuerdo anunciado esta semana incluye compromisos de ambos lados para reducir la tensión en el Golfo Pérsico. Fuentes diplomáticas consultadas por agencias internacionales indicaron que Teherán se compromete a no obstaculizar el paso de buques comerciales a cambio de un alivio parcial en las sanciones que pesan sobre su sector petrolero. Sin embargo, analistas advierten que el pacto es frágil y que el estrecho seguirá siendo el principal instrumento de negociación.
Desde la Revolución Islámica de 1979, Irán ha utilizado el control del estrecho como herramienta disuasiva. En varias oportunidades amenazó con bloquearlo si sufría un ataque militar. Durante la llamada “guerra de los tanques” en los años ochenta, ambos bandos atacaron buques petroleros. Más recientemente, en 2019, se produjeron incidentes con buques de bandera británica y noruega que Irán atribuyó a “respuestas” ante la presión estadounidense.
El valor estratégico del estrecho radica en su geografía y en su falta de alternativas viables a corto plazo. Aunque Arabia Saudita y Emiratos han invertido en oleoductos que desembocan en el Mar Rojo, su capacidad combinada cubre apenas un tercio del volumen que transita por Ormuz. China, principal comprador de crudo iraní, también observa con atención cualquier movimiento en la zona.
Para Estados Unidos el dilema es claro: mantener presión sobre el programa nuclear iraní sin provocar un cierre que dispare el precio del barril por encima de los 100 dólares. Washington mantiene presencia naval permanente en la zona a través de la Quinta Flota, con base en Bahrein. Pero un bloqueo total, aunque sea temporal, sería difícil de revertir sin un conflicto de alta intensidad.
El acuerdo de esta semana incluye también un mecanismo de verificación del tráfico marítimo y el compromiso de ambos países de respetar la libertad de navegación garantizada por el derecho internacional. Sin embargo, Teherán nunca reconoció formalmente la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, lo que le permite mantener una interpretación propia de sus derechos sobre las aguas.
Desde el punto de vista económico, cualquier disrupción en Ormuz afecta de inmediato a los mercados. En 2022, cuando las tensiones escalaron, el precio del Brent subió casi un 15 % en cuestión de días. Para la Argentina, que importa la mayor parte de su combustible, un alza sostenida del petróleo representa mayor presión sobre las reservas y sobre la inflación.
El pacto actual es visto por analistas como un “alto el fuego temporal” más que como una solución estructural. Tanto Irán como Estados Unidos conservan capacidades para escalar: misiles antibuque en la costa iraní y portaaviones estadounidenses en el Golfo. El estrecho de Ormuz, en definitiva, sigue siendo el lugar donde la geopolítica del petróleo se mide en millas náuticas y no en declaraciones.
El próximo paso será la implementación del acuerdo y la verificación del cumplimiento de los compromisos. Mientras tanto, los ojos del mundo seguirán puestos en ese angosto paso entre el Golfo Pérsico y el Golfo de Omán, donde se juega gran parte de la estabilidad energética global.