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G7 analiza el impacto económico de la guerra en Medio Oriente y la suba del petróleo

Los ministros de Economía y Finanzas del G7 se reúnen de urgencia para evaluar cómo el conflicto en Medio Oriente y el consiguiente aumento del precio del crudo afectan la inflación global, el crecimiento y la estabilidad financiera. Para Argentina, un país importador neto de energía, el impacto se sentirá en la balanza de pagos y en el precio de los combustibles.

Publicado el 11 de julio de 2026, 20:45 hs

Los ministros de Economía y Finanzas del Grupo de los Siete (G7) iniciaron este lunes una reunión de emergencia en la que el punto central es el impacto económico de la escalada bélica en Medio Oriente y la consecuente suba del precio del petróleo.

Según datos preliminares, el barril de Brent ya superó los 88 dólares, un nivel que no se veía desde octubre de 2023, mientras que el West Texas Intermediate (WTI) se acerca a los 85. Los mercados reaccionaron con la previsibilidad de siempre: suba de los futuros, fortalecimiento del dólar y caída de las bolsas en Europa y Asia.

Vamos por partes, porque esto viene de lejos. La guerra entre Israel y Hamas, que ya lleva más de un año, se amplió en las últimas semanas con el intercambio directo de misiles entre Israel e Irán y con la intervención de milicias proxies en Irak, Siria y Yemen. El estrecho de Ormuz, por donde pasa casi el 20% del petróleo mundial, volvió a convertirse en el cuello de botella que nadie quiere que se cierre.

"Conviene no confundir el ruido con la señal", advierte un funcionario europeo que participa de las conversaciones. Los comunicados serán duros, pero lo que realmente preocupa a los ministros es el efecto dominó: inflación persistente en Europa, presión sobre los bancos centrales que recién empezaban a bajar tasas, y un nuevo golpe a las economías emergentes que ya cargan con deudas dolarizadas.

El G7 —Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y Canadá— representa todavía alrededor del 40% del PBI mundial. Su capacidad de coordinar respuestas es limitada, pero no nula. En la mesa están tres grandes temas: cómo compensar el posible faltante de crudo iraní si las sanciones se endurecen, cómo evitar que el shock energético descarríe la transición verde que todos prometen y, sobre todo, cómo evitar que el aumento de los fletes y de los fertilizantes termine encareciendo los alimentos en un mundo que ya viene golpeado por la inflación.

Y acá es donde la cosa nos toca a nosotros. Argentina es importador neto de energía. Aunque produce Vaca Muerta, todavía no alcanza para cubrir todo el consumo interno en invierno y sigue dependiendo de importaciones de gasoil y naftas. Cada dólar que sube el precio internacional del petróleo se traslada, con dos o tres meses de demora, al precio en la estación de servicio y, por ende, al costo logístico de todo lo que se mueve por camión en un país tan extenso.

Según estimaciones privadas, un barril de petróleo sostenido por encima de los 85 dólares podría agregar entre 0,4 y 0,7 puntos al IPC argentino solo por el canal de los combustibles y el transporte. Además, el mayor costo energético presiona la cuenta de importaciones y, por lo tanto, las reservas del Banco Central en un momento en que el Gobierno busca acumular dólares para negociar con el FMI.

Los ministros del G7 también analizarán cómo usar las herramientas que ya tienen: liberación de reservas estratégicas de petróleo —Estados Unidos aún tiene capacidad—, coordinación en subsidios temporarios a los sectores más afectados y, eventualmente, un nuevo paquete de sanciones que incluya al petróleo iraní. Pero nadie espera milagros. La historia reciente muestra que los shocks energéticos de origen geopolítico son difíciles de amortiguar solo con política monetaria.

Anoto la previsión para corregirme si me equivoco: el G7 va a salir con un comunicado firme pero sin medidas disruptivas. El verdadero movimiento vendrá de la OPEP+, que ya adelantó que podría recortar aún más la producción si los precios siguen subiendo de manera desordenada. Ese tira y afloja entre productores y consumidores definirá el precio del crudo en los próximos meses.

Para un país como Argentina, que exporta granos y litio pero importa energía y tecnología, cada punto que sube el petróleo es un punto menos de margen en la balanza comercial. No es una cuestión abstracta de geopolítica lejana: es el precio del gasoil que paga el camionero de Formosa, es la tarifa de luz que discute el usuario de Córdoba y es, en última instancia, otro factor que complica la hoja de ruta de estabilización que el Gobierno prometió para 2025.

El mundo vuelve a recordarnos que la energía no es solo un commodity. Es una variable estratégica que, cuando se desordena, arrastra consigo inflación, tipos de cambio y, tarde o temprano, decisiones de política económica en las mesas de los países periféricos.

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