A 40 años del partidazo con nueve goles que dejó una calificación insólita a Enzo Francescoli
El 14 de noviembre de 1984, Platense y Ferro protagonizaron un 5-4 inolvidable en Vicente López. Una noche de locos que dejó al Príncipe con una nota inesperada y se convirtió en uno de los clásicos de la historia del fútbol argentino.
El 14 de noviembre de 1984, en el estadio de Platense, se jugó uno de esos partidos que el fútbol argentino atesora como reliquia. Ferro Carril Oeste, el equipo que dominaba la década bajo la conducción de Carlos Griguol, visitaba a Platense en un encuentro que terminó 5-4 a favor del local. Nueve goles, un festival ofensivo y una anécdota que todavía se cuenta en las sobremesas de los hinchas: Enzo Francescoli terminó calificado con un 2.
Vayamos a la planilla, como diría cualquier cronista que se precie. Ese Platense-Ferro no fue solo un tiroteo de goles. Fue una noche en la que las defensas desaparecieron, los delanteros se volvieron locos y el marcador pareció un error de imprenta. Platense ganaba 3-0 al descanso y parecía liquidado el asunto. Ferro reaccionó en el segundo tiempo, llegó a ponerse 4-3, pero el Calamar cerró el partido con dos tantos más. Un 5-4 que todavía figura en las listas de los partidos más locos de la historia.
El dato que más sorprende, sin embargo, no está en la cantidad de goles. Está en la planilla de calificaciones que publicó la revista El Gráfico al día siguiente. Enzo Francescoli, que ya era el Príncipe y empezaba a ser ídolo de River, jugó para Ferro esa noche y terminó con un 2. Una nota que hoy parece absurda, pero que en su momento generó polémica y risas. El uruguayo había marcado un gol, pero según el periodista que lo vio, su rendimiento no estuvo a la altura del resto de la noche de locos.
"El marcador dice una cosa; la cancha, otra", suele decirse en estos casos. Porque si uno mira solo el resultado, Platense fue claramente superior. Pero Ferro, que venía de ser campeón y era un equipo durísimo, mostró en ese partido una vulnerabilidad que casi nunca exhibía. Griguol, que odiaba perder, se fue furioso del estadio. Sus jugadores, en cambio, terminaron con la camiseta empapada de gloria y vergüenza al mismo tiempo.
Aquel Platense era dirigido por Ricardo Gareca, que todavía no era el Tigre de hoy pero ya mostraba mano para armar equipos ofensivos. En el local brillaron jugadores como el uruguayo José Batlle Perdomo, que hizo dos goles, y el eterno Carlos Manuel Morete, que también convirtió. Del lado de Ferro, además de Francescoli, jugaron hombres de la talla de Alberto Márcico, Héctor Cúper y el arquero Eduardo Basílico, que esa noche no tuvo su mejor partido.
Cuarenta años después, ese 5-4 sigue siendo recordado no solo por la cantidad de goles, sino por lo que representó en una época dorada del fútbol argentino. Era el tiempo en que los partidos se jugaban con público en las tribunas, con canchas que parecían campos de batalla y con una libertad táctica que hoy parece impensada. No había VAR, no había análisis de expected goals en tiempo real, pero había una épica que se sentía en la tribuna y se explicaba después en la pizarra.
Lo que el ojo no vio, el dato lo grita con el paso del tiempo: ese partido tuvo de todo. Goles de todas las formas, errores infantiles, atajadas milagrosas y una calificación que todavía se discute en foros y en charlas de café. Francescoli, con el 2 de El Gráfico, se rio después de la nota. Dijo que había jugado mejor que eso, pero que en una noche así cualquiera podía terminar con un número bajo.
Hoy, con el fútbol más táctico, más cerrado y más estudiado, parece imposible que se vuelva a repetir un partido con nueve goles y semejante descontrol. Por eso se lo recuerda. Porque fue, antes que un resultado, una demostración de que el fútbol argentino siempre tuvo la capacidad de sorprendernos con locuras que después se convierten en leyenda.
Y si uno vuelve a esa noche de primavera de 1984, entiende por qué el deporte sigue emocionando. No fue solo un 5-4. Fue una catarata de emociones en la que hasta el mejor jugador de la cancha pudo terminar calificado con un 2. Eso solo pasa en el fútbol. Y por eso lo seguimos contando, cuarenta años después.