Fermín Muguruza y el punk vasco regresan a Buenos Aires con su carga política intacta
El histórico líder de Kortatu y Negu Gorriak vuelve a la Argentina para dos shows cargados de historia, memoria y denuncia. Un repaso por su trayectoria y lo que representa su regreso en 2025.
Fermín Muguruza regresa a Buenos Aires. El músico vasco, figura indiscutida del punk-rock político de los años 80 y 90, se presentará el próximo fin de semana en dos fechas que ya tienen a buena parte del público local anticipando una noche de consignas, ska y memoria colectiva.
Quien fuera líder de Kortatu primero y de Negu Gorriak después vuelve con un repertorio que atraviesa más de cuatro décadas de militancia sonora. No es un regreso nostálgico: Muguruza nunca dejó de mezclar música con posicionamiento político. Desde su Euskadi natal hasta sus giras por América Latina, el artista ha mantenido una línea clara: el arte como herramienta de denuncia contra el imperialismo, el racismo y las violencias de Estado.
De Herri Batasuna al escenario global
Nacido en Irún en 1963, Muguruza se crió en el corazón de la efervescencia política vasca de los años setenta. Kortatu, la banda que fundó junto a su hermano Iñigo, se convirtió rápidamente en la banda sonora de una generación que vivía bajo el peso de la Transición española y el conflicto vasco. Temas como "A la mierda el euro", "Sarri, Sarri" o "Zu Atrapatu Arte" siguen sonando en manifestaciones y radios alternativas.
Con Negu Gorriak dio un paso más: fusión de punk, hip-hop, reggae y ritmos vascos que los llevó a tocar en el País Vasco, pero también en Cuba, México y Argentina. La banda fue la primera en actuar en el Zócalo de Ciudad de México después del levantamiento zapatista, un gesto que definió su carrera.
En Buenos Aires, Muguruza siempre encontró un público dispuesto a escuchar. Sus visitas anteriores —sobre todo las de la década del 2000— dejaron huella en músicos locales de la escena under y en activistas de derechos humanos. Aquí el punk nunca fue solo ruido: fue forma de resistencia durante la dictadura y los años posteriores.
El contexto de este regreso
El año 2025 encuentra a Muguruza con 61 años pero con la misma energía contestataria. En los últimos tiempos ha combinado la música con el cine documental y la producción. Su último disco solista, Asthmatic Lion Sound System, ya tiene casi una década, pero sigue editando y colaborando con artistas más jóvenes.
El show en Buenos Aires promete repasar clásicos de Kortatu y Negu Gorriak, además de algunos temas de su etapa en solitario. Quienes lo han visto en giras recientes aseguran que el setlist es un viaje temporal que va desde la Transición española hasta la crítica al neoliberalismo actual y el apoyo a causas como Palestina o los movimientos indígenas.
Desde el punto de vista local, el regreso de Muguruza se produce en un momento donde la escena musical argentina vuelve a debatir el rol político del arte. Mientras algunos artistas optan por la evasión, otros —como ocurrió en los 90 y 2000— vuelven a usar la canción como herramienta de agitación. En ese sentido, el vasco llega como referente incómodo y necesario.
Una voz que no se domesticó
Muguruza nunca aceptó las reglas del mercado discográfico. Rechazó contratos con multinacionales, editó sus discos de manera independiente y siempre priorizó tocar en centros culturales, plazas y festivales autogestionados antes que en grandes venues comerciales. Esa coherencia le valió tanto elogios como enemistades políticas.
En Euskadi sigue siendo una figura polarizante: para unos es un símbolo de resistencia cultural, para otros un nostálgico de los años de plomo. Él responde con la misma frase desde hace treinta años: "Yo solo pongo la banda de sonido a lo que la gente ya está sintiendo en la calle".
Los dos shows en Buenos Aires —cuyas entradas se agotaron en pocas horas— son un termómetro de que esa conexión sigue vigente. No solo entre la diáspora vasca local, sino entre varias generaciones de militantes, punks, skins, rappers y activistas que encuentran en su discurso una continuidad rara en tiempos de algoritmos y poses efímeras.
Cuando suba al escenario, Muguruza no vendrá a hacer un revival. Vendrá a recordarnos que ciertas luchas no tienen fecha de caducidad y que la música, cuando se hace con convicción, sigue siendo uno de los pocos espacios donde se puede gritar lo que en otros lados se calla.