Cronología del conflicto EE.UU.-Irán y el peso de Trump en la política internacional
El analista Mauro Enbe repasa la tensa relación entre Washington y Teherán desde la revolución islámica hasta la era Trump, y analiza cómo el regreso del republicano altera el tablero global.
El conflicto entre Estados Unidos e Irán no es un capítulo aislado de la política internacional, sino una línea de tensión que se extiende desde 1979 y que, con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, vuelve a marcar la agenda global.
Según el analista internacional Mauro Enbe, la cronología del enfrentamiento revela un patrón de desconfianza mutua, sanciones económicas y episodios de casi guerra abierta que condicionan todavía hoy las decisiones de Washington y Teherán.
Todo comenzó con la Revolución Islámica de 1979. La toma de la embajada estadounidense en Teherán y la crisis de los rehenes marcaron el quiebre definitivo. Estados Unidos perdió a su principal aliado en el Golfo y vio nacer un régimen teocrático que declaraba a la “Gran Satán” como enemigo existencial.
Durante las décadas siguientes, la relación se mantuvo en un estado de guerra fría intermitente. Washington apoyó a Irak en la guerra de los ochenta, impuso sanciones unilaterales y acusó a Irán de financiar grupos como Hezbollah y Hamas. Teherán, por su parte, desarrolló su programa nuclear y consolidó su influencia en Irak, Siria, Líbano y Yemen.
El acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA) pareció abrir una ventana de distensión bajo la administración Obama. Irán aceptó limitar su enriquecimiento de uranio a cambio del levantamiento progresivo de sanciones. Para Enbe, ese fue el punto más alto de pragmatismo entre ambos países desde la revolución.
Todo cambió en 2018. Trump retiró unilateralmente a Estados Unidos del JCPOA, calificándolo de “el peor acuerdo de la historia”. Reimpuso sanciones máximas (“maximum pressure”) y ordenó el asesinato del general Qasem Soleimani en Bagdad en enero de 2020. Irán respondió con un ataque con misiles contra bases estadounidenses en Irak y aceleró su programa nuclear.
La salida de Trump en 2021 y la llegada de Biden no lograron revivir el acuerdo. Las negociaciones indirectas en Viena se estancaron y, mientras tanto, Irán siguió avanzando en su capacidad de enriquecer uranio hasta niveles cercanos al grado militar, según informes de la AIEA.
Ahora, con Trump de vuelta en el poder desde enero de 2025, el analista Mauro Enbe identifica tres efectos concretos en la política internacional.
En primer lugar, la “máxima presión 2.0”. Trump ya adelantó que volverá a las sanciones más duras y que no descartará la opción militar si Irán se acerca al umbral nuclear. Eso obliga a Europa, China y Rusia a definir si acompañan, moderan o confrontan la estrategia estadounidense.
En segundo lugar, el efecto dominó en Medio Oriente. Israel, que siempre vio en Trump a un aliado incondicional, ya coordina públicamente con Washington. Los países del Golfo, especialmente Arabia Saudita y los Emiratos, evalúan si la nueva presión sobre Irán les permite avanzar en la normalización con Israel o si, por el contrario, desestabiliza la región.
En tercer lugar, el impacto en la política global de grandes potencias. China, principal comprador de petróleo iraní, enfrenta un dilema: mantener su vínculo con Teherán o priorizar la estabilidad de los precios energéticos. Rusia, que encontró en Irán un socio en Ucrania y Siria, ve cómo cualquier escalada en el Golfo puede distraer recursos estadounidenses de su propio frente europeo.
Para Enbe, el regreso de Trump no reinicia el conflicto; simplemente lo acelera. El analista sostiene que el republicano llega con una visión transaccional: Irán debe elegir entre colapsar económicamente o aceptar un nuevo acuerdo mucho más restrictivo que el de 2015. Teherán, mientras tanto, apuesta a que la fragmentación interna estadounidense y el cansancio de sus aliados limiten la efectividad de la presión.
La cronología muestra que cada vez que Washington endureció su postura, Irán respondió con mayor actividad regional y avances nucleares. La pregunta que queda abierta es si esta nueva ronda terminará en un acuerdo forzado, en un conflicto armado o en una nueva normalización de la tensión que, una vez más, se extienda durante años.
Hasta acá, los hechos. El resto dependerá de cómo se ejecute esa presión y de la capacidad real de Irán para resistirla sin cruzar la línea que, según Washington, justificaría una respuesta militar directa.