Chiqui Tapia y esa sonrisa que esconde más de lo que muestra
El presidente de la AFA se muestra risueño en cada acto oficial, pero detrás de la foto hay tensiones políticas, manejos económicos y un fútbol argentino que no termina de despegar. Un repaso de lo que realmente hay para reírse.
La imagen ya es casi un clásico: Claudio “Chiqui” Tapia aparece en cada acto, cada inauguración de cancha o cada entrega de trofeos con una sonrisa ancha, de esas que parecen no caber en la cara. La pregunta que flota en el ambiente es siempre la misma: ¿de qué se ríe?
El 18 de julio pasado, en un nuevo evento en la sede de la AFA en Ezeiza, la escena se repitió. Tapia posó junto a dirigentes, sponsors y algunos jugadores de la Selección con el gesto distendido, casi festivo, mientras el fútbol local sigue cargando con los mismos problemas de siempre: violencia en las tribunas, arbitrajes cuestionados, un campeonato que pierde interés y una economía que aprieta cada vez más fuerte las finanzas de los clubes.
Vamos por partes. La risa de Tapia no es ingenua. Es la de un dirigente que logró consolidar un poder interno que pocos le discutieron en los últimos años. Desde que asumió en 2017, reemplazando a un Marcelo Tinelli que nunca llegó a asumir del todo, Tapia construyó una alianza con los clubes del ascenso y del interior que le garantiza mayorías cómodas en cada votación. Ese respaldo explica, en buena medida, la tranquilidad con la que enfrenta las críticas que llegan desde los grandes de Buenos Aires.
Pero no todo es política interna. Hay una dimensión económica que también da para sonreír. La AFA cerró en los últimos meses contratos de televisión y patrocinios que, al menos sobre el papel, mejoran los ingresos. El acuerdo con la empresa que maneja los derechos internacionales de la Selección sigue siendo un generador de divisas importante en un país que las necesita con urgencia. Y el Mundial 2026, aunque todavía lejano, ya empieza a aparecer como un horizonte que justifica buena parte de las gestiones actuales.
Sin embargo, la realidad en el día a día del hincha es otra. Las entradas para ver a la Selección en el país se volvieron prohibitivas para gran parte del público. La liga local sigue sin encontrar un formato que genere pasión genuina más allá de los clásicos. Y los problemas de infraestructura y seguridad en muchos estadios siguen pendientes, como lo demuestran los incidentes que se repiten cada fin de semana.
Tapia sabe leer el momento. Su gestión se benefició del éxito deportivo de la Selección, sobre todo después del título en Qatar 2022. Esa gloria deportiva le dio un colchón de popularidad que pocos presidentes de la AFA tuvieron. La foto con Messi levantando la copa sigue siendo el activo más valioso de su imagen pública. Mientras el equipo nacional funcione, las críticas al manejo interno tienen menos eco.
Ahora bien, ¿hasta cuándo alcanza eso? En el fútbol argentino la luna de miel entre dirigentes y simpatizantes es siempre corta. Ya empiezan a escucharse voces que piden mayor transparencia en el uso de los recursos, mejores controles en las inferiores y una política más clara de desarrollo del fútbol femenino y de las divisiones formativas.
La sonrisa de Chiqui también tiene que ver con el timing político. En un país donde el Gobierno nacional cambió de signo y donde las relaciones con la Casa Rosada nunca fueron sencillas, Tapia ha logrado mantener un vínculo pragmático con el poder de turno. No es poco. Dirigentes que se rieron menos terminaron fuera de juego mucho más rápido.
Dicho esto, seamos justos. No todo en la gestión de Tapia es motivo de crítica. La AFA logró estabilizar sus finanzas después de la crisis que dejó el ciclo Grondona y modernizó algunas áreas administrativas. El predio de Ezeiza se sigue utilizando como vidriera de un fútbol que, al menos en la Selección, sigue siendo competitivo a nivel mundial.
Pero la risa que se ve en las fotos contrasta con la bronca que se siente en muchas tribunas. El hincha argentino es exigente y tiene memoria. Quiere que la Selección gane, sí, pero también quiere poder ir a la cancha sin jugarse la vida, pagar una entrada razonable y sentir que el torneo local tiene competitividad y no solo nombres rimbombantes que duran dos fechas.
Por ahora, Chiqui sigue riendo. Tal vez porque sabe que en el fútbol, como en la política, a veces lo más importante no es resolver todos los problemas sino administrar las expectativas y aparecer siempre con la mejor cara. La pregunta sigue abierta: ¿se ríe porque todo va bien o porque sabe que, mientras la Selección gane, nadie va a mirar demasiado de cerca lo que pasa adentro de la casa?
Lo que sí está claro es que la foto con la sonrisa ya no alcanza. El fútbol argentino necesita mucho más que gestos amables. Necesita dirigencia que resuelva los problemas de fondo. Mientras eso no ocurra, la risa de Tapia va a seguir generando, en muchos, más preguntas que complicidad.