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La vuelta de la CGT: tensiones propias y apuestas cruzadas en la interna peronista

La CGT tendrá su primera reunión del año, justo en el final del verano, aunque hace rato que se diluyó el clima de vacaciones, con bastante juego doméstico y algunos contactos con el Gobierno. No hay grandes variaciones de temario: desde las oficinas de Dante Sica ya enviaron mensajes descartando cuestiones que puedan tensar más la cuerda en un año político intenso y frente a un cuadro económico difícil, con impacto en salarios y también en el empleo. No es todo. La interna sindical suma sus propias cuentas de arrastre, con el añadido de los alineamientos para la batalla electoral recreados en estos días.

La cita de hoy vino muy conversada, en medio de versiones encontradas sobre su realización. Anoche, fuentes sindicales confirmaron la realización, que será encabezada por Héctor Daer y Carlos Acuña, la dupla de secretarios generales que siguió al frente tras la crisis del triunvirato empujada por el moyanismo y sus socios más duros para forzar un recambio de la jefatura cegetista.

El clima previo al encuentro formal de la CGT expuso en buena medidas las tensiones nuevas y las que subsisten. El telón de fondo no es estrictamente el reclamo salarial. Las discusiones paritarias 2019 recién empiezan a despuntar y de hecho, varios gremios recién están en el ciclo final de los acuerdos del año pasado.

Más allá del discurso abarcador sobre la caída frente a registros de inflación altos y persistentes, esa sería una disputa diferenciada por gremiosmuchos de los más grandes –desde camioneros a sanidad, pasando por bancarios, alimentación y petroleros, es decir, de casi todos los colores internos- lograron aumentos por encima del 40 por ciento hacia fines del año pasado, con estribaciones en este primer trimestre. Su reclamo de recuperación sería significativo, pero alejado de los más agudos niveles de pérdida anotados por gremios estatales y sectores privados de menor escala.

Dante Sica, ministro de Producción y Trabajo (Franco Fafasuli)

Dante Sica, ministro de Producción y Trabajo (Franco Fafasuli)

El salario, junto al deterioro del empleo, es un renglón del reclamo general. Pero el punto vuelve a ser cómo se canaliza la protesta, más allá de las disputas sectoriales en paritarias. La marcha que se perfila para los primeros días de abril genera nerviosismo similar al que trascendía el año pasado: la protesta aparece como una pieza única, y no como parte de una estrategia más amplia, y eso ocurre en medio de las presiones que ya vienen motorizando el moyanismo y algunos gremios cegetistas que confluyen en la oposición más dura, además de organizaciones por afuera de la CGT, entre ellas las CTA y varios movimientos sociales.

La cuestión es si una marcha descomprimiría algo la interna o si por el contrario, como ya ocurrió, podría derivar en una ofensiva en las calles para presionar a la conducción de la CGT. Son temores con antecedentes: el recuerdo remite a la concentración de hace dos años y unos pocos días, que terminó con golpes, corridas y parte del escenario roto, en medio de insultos de algunos grupos por la falta de definición de fecha para un paro nacional.

Eso explica en parte los vaivenes previos al encuentro de la conducción de la CGT. Los otros rubros en discusión serían menos espesos. En las conversaciones con el Gobierno, con sentido común y realismo oficialista, el mensaje habría sido evitar terrenos conflictivos: nada que aluda a una reforma laboral más o menos en serioReaparecería sí el postergado proyecto de blanqueo laboral. Y un asunto sensible para los jefes sindicales: obras sociales. En el mano a mano, siempre surge el financiamiento y las deudas reclamadas al Estado. Y de mayor alcance, también congelada el año pasado, la idea de crear una agencia nacional de salud que entre otros objetivos debería achicar los márgenes para juicios que, en continuado, enfrenta el sistema sindical de salud.

Aunque son temas de interés concreto, el final de las negociaciones aparece condicionado más por el frente interno que por el contenido de las propuestas. La disputa sindical agrega otro elemento: empieza a estar cada vez más condimentada por la pelea electoral, es decir, por el posicionamiento político de cada jefe sindical.

Hugo Moyano (Adrián Escandar)

Hugo Moyano (Adrián Escandar)

El moyanismo y algunos de sus aliados se muestran como una pieza de peso en el armado del kirchnerismo. Ese camino fue transitado rápido después de producida la pública reconciliación de Hugo Moyano con Cristina Kirchner. Aquella operación fue coronada con una foto en una actividad del sindicato de mecánicos. Y desde entonces, se afirmaron los vínculos al punto, llamativo, de convertir al jefe camionero en uno de los mayores demandantes de la candidatura de la ex Presidente. En esa vereda se paran también y desde antes, aunque con menos volumen individual, los referentes de las CTA y de algunos movimientos sociales, que al mismo tiempo coinciden en la presión sobre la CGT.

En cambio, los gordos, independientes y no alineados –que constituyen el sostén de la conducción cegetista- decidieron aprovechar sin demoras el espacio que proyecta la posible candidatura de Roberto Lavagna en el PJ federalLuis Barrionuevo armó una comida con el ex ministro, que dejó de ser reservada apenas se concretó. Estuvieron allí dirigentes de la construcción, comercio, colectiveros, maquinistas, municipales, estatales y metalúrgicos, entre otros.

Como siempre, y al margen de las cuestiones de imagen, los candidatos que dan batalla en la amplia gama del peronismo requieren apoyo sindical. El futuro de esa pelea también es determinante para ordenar o al menos contener al sindicalismo. Antes, por supuesto, se trata de apuestas. Y en ese paño ya está jugando sus fichas buena parte de los jefes sindicales.

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