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El bravo desafío de una periodista que hizo explotar las redes sociales con su mensaje sobre la tragedia de Siria

Una lección de coraje y de moral por parte de una mujer que vive entre dos fuegos: árabe, musulmana, ciudadana israelí y presentadora de una cadena de tevé hebrea.
Fuente Infobae

Lucy Aharish es periodista.
Joven y bella, bien pudo ser una figura decorativa en la cadena de tevé israelí Channel 2.
Acaso presentando manjares o programas de gimnasia para mujeres que sueñan -vana ilusión- con la juventud eterna.

Pero eligió otro camino.
La verdad. La justicia. La moral.
Vive entre más de dos fuegos.
Es mujer. Es árabe. Es musulmana.
Y la primera presentadora árabe en una cadena hebrea.
Y no hace mucho hizo explotar Facebook con un video flamígero donde condena (sin filtro, como debe ser) la matanza de civiles en Alepo, la sangrante ciudad siria.

Sin filtro, sí. Usó la palabra «Holocausto».
Y algo antes había exclamado: «¡Hitler vive!».
Su «Yo acuso» –eco del célebre «J´acusse» del escritor francés Emile Zola en defensa del judío capitán Dreyfuss– sacudió muchas almas dormidas: desde el 15 de diciembre… ¡más de trece millones de reproducciones del video en casi todo el mundo!

No fue el único sacudón.
El sayo recayó sobre la comunidad internacional y la ONU.
Que, como tantas organizaciones similares, son una partida de funcionarios bien vestidos, bien alimentados, viviendo en un confort de alta gama… y sirviendo para muy poco.
Por eso Aharis apuntó al corazón de la ONU con una bala grabada con la palabra «hipócrita».

Su discurso, su úkase, empezado sin rodeos, es capaz de inquietar al más indiferente: «En este momento, en Alepo, Siria, a sólo ocho horas en coche de Tel Aviv, se está produciendo un genocidio».
Por favor, lector: ahora mire el video hasta el final.
¿Ya está?
Bien. Ojalá coincida con la denuncia sobre el horror.

En especial, y con el corazón estrujado, frente a «en este mundo no estamos haciendo nada, mientras los niños son masacrados en todo momento».
Y aún más veraz y convincente: «Nadie, ni en Francia ni en el Reino Unido, ni en Alemania ni en los Estados Unidos, está haciendo algo para detenerlo».

Quiero repetir una de sus frases en letras indelebles: «La ONU celebra reuniones en sus consejos de seguridad, y se limpia una lágrima cuando ve la imagen de un padre que sostiene el cadáver de su pequeña hija. Hay una palabra para esto: ¡hipocresía!».
¿Cómo no creerle, cómo no acompañarla en su coraje?
¿Cómo no, si ella, joven y de dulce apariencia, es una lección moral más valiosa que el más codiciado de los diamantes?

Y además, ella misma, una viviente síntesis del más difícil de los equilibrios (la paz): «Soy árabe, soy musulmana, soy ciudadana de Israel, pero también ciudadana del mundo».
Otro clavo ardiente: su vergüenza ante el doloroso fenómeno de que todo el mundo árabe sea rehén de terroristas asesinos.

Y cierra, brillante y en pie de guerra sin armas, con una sentencia de Albert Einstein no menos importante para la paz que la Teoría de la Relatividad para la ciencia:
«El mundo no será destruido por los que hacen el mal, sino, más bien, por aquellos que los vigilan sin hacer nada».

No olvidemos su nombre: Lucy Aharish.
No lo olvidemos ante un niño muerto en la tragedia de Siria.
No lo olvidemos cuando desde allá llegan barcazas repletas de desesperados.
No lo olvidemos cuando a una de esas barcazas se hunde en el mar, y mueren ahogados tantos que estaban a pocos kilómetros de la libertad.
La acariciaban, casi.
No lo olvidemos. Porque esa mujer es aliada y adalid -luminoso juego de letras- de lo bueno que aún queda en el mundo.
Y sobre todo, no lo olvidemos de noche, cuando los bien cebados funcionarios y líderes de las organizaciones mundiales duermen, plácidos, soñando con el menú de mañana, el cocktail de la noche, la cuenta bancaria abultada.
De noche, cuando otros niños sirios han muerto de día, en la calle, desamparados, y otros han nacido acaso sin futuro.

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